Te busco, incansablemente durante toda mi vida. Sé que estás ahí esperándome, siempre esperas a las almas solitarias como yo. Po más que intento alcanzarte no puedo, tienes tanta fuerza y velocidad que mis intentos son en vano.
Un día cualquiera coincidimos, estoy enfrente de tí, te miro a los ojos y algo en mi alma se revuelve. Sonrío y me lanzo hacia ti. Al principio eres fría, helada como una noche triste de abril, pero no me importa. Persevero en mi intento y te alcanzo. Te veo llegar y noto que mis fuerzas crecen, me atrapas, con tu labio me atrapas.
Nuestros labios se encuentran, y los recorró de un extremo a otro. Me mojó, tú también estás mojada. Si ahora dudo, fracasaré, pero eso no va a pasar. Sé que hoy es mi día de suerte.
Después de unos segundos frenéticos (que a mi me parecen horas, y las disfruto de principio a fin), notas que me paso contigo. Dejas que juegue con tus labios, pero me muerdes y me caigo. Me levanto con parte del orgullo herido, menudo error. Pero vuelvo a sonrreir y miro hacia atrás y ahí estás. Sabes que estamos hechos el uno para el otro, nos necesitamos. Tú necesitas a alguien que te domine, y yo necesito saber que hay fuerzas que son indomables. Largo rato pasamos unidos, y al final, en la despedida, se me encoge el corazón y la cabeza me va a estallar.
Mañana estarás otra vez ahí esperándome. Y yo no faltaré a la cita.


